¡feliz fiesta del cordero!

Tal como nos recuerda Carme, hoy se celebra la fiesta del cordero, una de las fiestas más importantes y celebradas del calendario musulmán.

Es por ello que hemos querido recuperar para el blog un escrito que publicamos en el boletín de diciembre de 2009. Esperamos que su relectura os guste.

El 27 del pasado mes de Noviembre se celebró la fiesta del cordero y hemos pensado que sería un buen momento para hablar de ella en el boletín. Núria, a quien agradecemos su colaboración, nos comenta esta fiesta en primera persona y desde la experiencia vivida.

La fiesta del cordero, como la conocemos nosotros, es una fiesta islámica también llamada Eid al-Adha, Eid al Qurban o Eid al-Kebir (literalmente: Fiesta Mayor o fiesta grande). Es la segunda de las grandes fiestas musulmanas, la otra es el Eid al-Fitr (el final del Ramadán).

Hace tres años celebré la fiesta del cordero en Marruecos, en un pueblo bereber del Alto Atlas, cerca de las Gargantas del Todra. Ese año coincidió con nuestras vacaciones de Navidad, la fiesta se celebró del 30 de diciembre al 2 de enero. Hacía un frío que pelaba, una amiga me había dejado un saco de dormir de -15 ºC y ni así conseguía algo de calor cuando me iba a dormir.

Cuando llegamos al pueblo ya hacía días que Ahmed había ido al mercado semanal, que se celebra los lunes, y había comprado dos corderos. Un cordero, pocos días antes de la fiesta puede llegar a valer 1500 dirhams, cuando normalmente su precio es de 700 dirhams. Aquí, la gente compra las gambas, los langostinos y el besugo y lo congela, o bien paga un dineral en la pescadería el día anterior. La ley de la oferta y la demanda también aplica en Marruecos, por lo que Ahmed compró los corderos unas semanas antes y los mantuvimos en casa hasta el día del sacrificio. Cuando era pequeña, también pasaba esto en casa las semanas antes de Navidad, pero era con un capón o un pollo.

El problema de tener un animal en casa y alimentarlo cada día durante semanas es que te encariñas. A mí me pasaba eso con los pollos que mi madre llevaba a casa por Santa Lucía y me pasó con los dos corderos de la casa del Alto Atlas.

A mí me encanta el cordero, sobre todo a la brasa y al horno. Pero de aquellos corderos casi no pude comer, como tampoco podía comer el pollo asado de Navidad, al menos en forma de pollo, en cambio, seguro que me lo comía al día siguiente en forma de canelones. Igualmente, al día siguiente del sacrificio, también disfruté más del cordero meshoui que el día anterior.

El nerviosismo previo a la fiesta se nota ya en la víspera, desde hace unos días se escucha a los pobres corderos sumisos y dispuestos a ser sacrificados en nombre de Alá. Todos, descansando en sus patios, saben lo que les espera, sus padres, abuelos, bisabuelos y otros ancestros ya salvaron a los hombres del mal en nombre de su creador. La carne del cordero es salvadora, al menos en las religiones que nos son más cercanas. De pequeña, en misa yo escuchaba lo comemos el cordero de Dios que quita los pecados del mundo y le pedimos que tenga piedad de nosotros, los pecadores, y en Marruecos pasó lo mismo.

Hoy en casa cada uno va de un lado a otro con diferentes inquietudes, los hombres, las mujeres y los niños, y nosotros, los invitados. En la calle es lo mismo, mucha gente ha bajado al pueblo y ha tomado vacaciones de Europa, para visitar a la familia y los amigos.

El ambiente sube y sube. Salimos de casa, en las calles de casas hechas de arcilla roja y de casas modernas de piedra, ladrillos y cemento, el aire es frío y limpio y no dejo de escuchar corderos que se llaman unos a otros, explicando dónde están, los más grandes con las familias más numerosas y los más pequeños con las familias de menos miembros; toda la chiquillería, mujeres y hombres hablan de lo mismo: los corderos y ellos balan vendiéndose con orgullo para el sacrificio.

Ha llegado el gran día. A las 6 de la mañana ya empieza el movimiento, las alfombras en el suelo, los cojines preparados, las bandejas con el té dispuesto y los corderos esperando que vengan los hombres, ya no tienen escapatoria.

Todos nos levantamos y nos preparamos para desayunar, se nota que no es un día cualquiera, todo el mundo se ha arreglado tanto como ha podido, teniendo en cuenta también el frío que hace.

Los hombres se van a hacer su trabajo. Sacrificar el cordero, según el ritual: oración, orientación a la Meca y degollación. Las calles y los patios se llenan de sangre. Los hombres despellejando los corderos, es un trabajo que requiere mucha habilidad y mucha práctica. Después las pieles, si salen enteras, se utilizan de alfombras en casa.

Los corderos ya están limpios. Los hombres ya han cumplido su misión, ahora las mujeres se quitan la ropa de fiesta y preparan, con las tripas y despojos del sagrado bicho, brochetas y carne asada. Desde las 10 de la mañana ya están las carnes en los fuegos, hay un fuerte olor a carne fresca.

En la calle, los niños van y vienen con sus caramelos y sus sonrisas repartiendo besos y buenos deseos para todos.

Tras un buen atracón de brochetas hechas de corazón, pulmones y otras vísceras, envueltas en la grasa que tiene el cordero entre la piel y la carne, acompañadas de pan casero, vamos a dar un paseo.

Todas las chimeneas del pueblo están humeantes y dejan un olor a carne quemada que enrarece el ambiente, el día es claro y fresco, esto se agradece. Nos encontramos con un grupo de gente que sale de la mezquita y van en procesión por el pueblo haciendo cánticos y tocando instrumentos.

A las dos, la comida, más entrañas de cordero, pan, fanta y coca-cola. Después todo el mundo desaparece, la casa en silencio acaba de expulsar los olores de la mañana, es la hora del descanso.

Mucho más tarde, un olor a pelo y baña quemada nos despierta. Están preparando la cena, son las cabezas de los corderos.

Otra vez van y vienen las visitas, es un constante hacer y hacer té, repartir galletas caseras y regar con perfume a los visitantes para darles la bienvenida. Cuando se acaban las visitas, viene la cena: dos cabezas de cordero puestas majestuosamente sobre la mesa, cocinadas al vapor durante toda la tarde, su aspecto no me convence demasiado. A pellizcos con gran placer y ritual empiezan a devorar esta suculenta comida. Estoy un poco harta de comer carne y he preparado una ensalada de tomate para alternar con la comida reina, así entra mejor,-digo yo, porque los demás ni lo prueban-.

De noche salimos a visitar los vecinos, congelados por las calles del pueblo y calentándonos en las casas. Las puertas de algunas casas están marcadas de sangre de los corderos, según me cuentan para evitar el mal de ojo o cualquier otro tipo de males y maldiciones.

Al día siguiente, cuando ya creía que la fiesta había terminado, aunque los corderos seguían allí en la cocina, limpios y apetitosos, volvió el movimiento, desde la mañana, el desayuno: té, café, pan, aceitunas, mantequilla, aceite, dulces y otras comidas típicas de estas fechas, por otra, la carne, brochetas de hígado con grasa y otras partes jugosas del sagrado bicho. Mientras Ahmed corta y aliña con especias el cordero.

Nos pasamos el resto de la mañana, entre olores de carnes guisadas, especias, té, incienso y perfumes, jugando a cartas, haciéndonos fotos y recibiendo visitas. Alternamos el gran salón de la casa y la terraza de arriba donde podemos distraernos un poco cuando el ambiente del salón se carga de demasiada gente. Arriba hace sol y el aire es fresco y limpio y se mezcla la bruma matinal y el humo de las chimeneas de las casas. La fiesta continúa.

El cordero se hace a la brasa, en meshoui, en tagine y todavía sobrará y dentro de unos días, los últimos trozos, se pondrán al cuscús.

El Eid al-Adha conmemora el intercambio que hizo el patriarca Ibrahim de un carnero por su hijo Ismael (en lugar de Isaac, como se relata en la tradición judeo-cristiana) y marca la finalización del Hajj (la peregrinación) a La Meca, pero es celebrado por los musulmanes de todo el mundo. Se celebra aproximadamente 70 días después del final del mes de Ramadán. Comienza el día 10 de Dhul Hiyyah, el último mes del calendario islámico, y continúa durante tres días.