Reflexiones sobre la kafala

Núria y Pepe hicieron su kafala a finales del 2009, en aquel momento escribieron el texto que reproducimos a continuación y que publicamos en el boletín de marzo de 2010, es un artículo donde comentan sensaciones y reflexiones en torno al proceso de kafala de su hijo, y que pensamos que son plenamente actuales y que vale la pena releer para continuar reflexionando.

A principios de noviembre comenzó nuestro proceso de kafala en Rabat. Hacía varios meses que conreábamos la maravillosa virtud de la paciencia con contactos y esperas infructuosas en otras ciudades cuando desde IMA nos llegó el contacto de la abogada y la llamamos. Los eventos, de manera muy agradablemente sorprendente, se precipitaron. Aunque en aquel momento no lo sabíamos, en menos de dos semanas conoceríamos a nuestro hijo y en poco más de dos meses estaríamos los tres en casa.

Cada uno sabe después de qué, cómo, y en qué condiciones llega a esta fase de su camino hacia la p(m)aternidad. Llegado el punto en que desde IMA o desde donde sea te llega el teléfono de un abogado que cobrará por ayudarte a hacer los trámites en Marruecos, resulta quizás tentador colocarse en la posición mercantilista de “quien paga manda” y adoptar una visión no carente de prepotente colonialismo en el sentido de que “en España/Cataluña las cosas funcionan así y, como vengo y pago, quiero que funcionen igual” … pero hay que hacer el esfuerzo de tratar de ponerse en el lugar de los demás, en este caso de los marroquíes que ven llegar el extranjero a buscar un niño.

Probablemente eso es importante en cualquier proceso adoptivo en cualquier país del mundo, pero en Marruecos toma una especial relevancia por las particularidades del proceso de kafala. Esta reflexión la habíamos oído y leído infinidad de veces en las reuniones y los boletines de IMA hasta el punto de decir “sí, ya, vale, que ya lo hemos oído” … pero después de vivirlo en primera persona, de hacer nuestra kafala y de pasar casi dos meses en Rabat, coincidiendo con muchas familias en muchas situaciones, creemos que hay que insistir aún más.

El proceso es frágil, y pende de un hilo. En estos momentos (finales del 2009/principios del 2010) que salgan niños de la crèche hacia España depende de una cadena de personas: la abogada que sabe cómo moverse en los laberintos de la burocracia judicial de Rabat, el juez que es partidario de dar kafalas a extranjeros, la directora de la crèche que es quien hace las asignaciones, y el personal del consulado que hace el visado del niño. La cadena tiene otras baldas probablemente no menos importantes: las ayudantes de la abogada, la secretaria del juez, las responsables y las cuidadoras de la crèche … y cada una de ellas, cada una de estas personas, es imprescindible, por ahora, para qué las kafala sigan saliendo –al menos hasta que no aparezcan otras personas que demuestren que pueden hacer que el proceso siga funcionando.

Aparte de que Allah les conserve la salud muchos años, es necesario también que esta gente no se harte de su trabajo. Somos testigos directos de que las personas implicadas (cada una con su forma de ser) hacen todo lo que está en sus manos para que los trámites se simplifiquen y vayan con la máxima celeridad, a pesar de las dificultades y las presiones que reciben del sistema, del entorno y también de algunas familias. En este sentido, hay que evitar que vuelvan la espalda a los españoles como colectivo como consecuencia de la actitud particular de alguna familia. Después de nuestra experiencia, pensamos que mucha gente no es consciente de la delicada posición del juez, de la honestidad de la directora de la crèche o de la cantidad y dificultad del trabajo que hacen la abogada y sus ayudantes, implicándose más allá de lo que sería esperable y siendo (creemos que injustamente) tildadas de “peseteras”.

Quizá porque ambos hemos sido emigrantes en algún momento de nuestras vidas, estamos convencidos que el respeto a la cultura de acogida y la integración, en la medida de lo posible, son un deber del extranjero que llega a un lugar nuevo y la clave para su aceptación. Ahora, como mucha gente, apreciamos que los recién llegados hagan el esfuerzo para aprender nuestra lengua, y nos disgusta que hablen mal de nuestro país o que no respeten las normas de convivencia que tenemos instauradas y que hacen que nuestra sociedad, con sus virtudes y sus defectos, sea como es. No es necesario un gran ejercicio de empatía para darse cuenta de que los habitantes de otros países les pasa lo mismo, y los marroquíes no son una excepción.

Hacer una kafala no implica quedarse a vivir en Marruecos, naturalmente, ni encontrar trabajo, claro… pero tampoco es un viaje de paso. Durante un tiempo (días, semanas, meses, según el caso) hay una convivencia y una interacción profunda con mucha gente marroquí implicada en el proceso que debe permitir que un niño(a) deje la crèche para convertirse en nuestro hijo(a): desde las cuidadoras que están al cargo hasta el juez que nos ha de dar la tutela, pasando naturalmente por la abogada, la directora de la crèche, o el vigilante de la puerta del orfanato, muchas personas hacen posible que la kafala se lleve a cabo.

Es pues por nuestro propio interés, por el de las familias que vendrán detrás y, sobre todo, por el interés de los niños que esperan ser kafalados, que es muy recomendable (por no decir que tenemos la obligación de) mantener una actitud respetuosa con personas e instituciones. No podemos perder de vista que, a ojos de muchos marroquíes, somos unos extranjeros que, desde nuestra posición privilegiada, llegamos a llevarnos un niño. De entrada es inevitable que despertamos un cierto recelo. Si nuestra actitud es de prepotencia, el rechazo está garantizado y bien merecido. Estamos en Marruecos, somos unos invitados, vamos a buscar a nuestro hijo y, estemos o no de acuerdo con el sistema, nos tenemos que adaptar a cómo funcionan las cosas. La humildad y el respeto en el trato (con todo el mundo) son fundamentales para garantizar la continuidad de los procesos. Aparte de obedecer al sentido común y de ser mínimamente educados, algo tan simple como aprender cuatro palabras en árabe para poder decir “buenos días”, “por favor”, “gracias” o “cómo estás” nos ayuda a relacionarnos y nos abre muchas puertas (¿o es que acaso en casa no cambia nuestra actitud cuando alguien con aspecto foráneo hace el esfuerzo de dirigirse a nosotros en catalán/castellano/euskera…?).

Desconocemos la motivación última del juez para facilitar las kafalas de extranjeros, pero después de nuestra experiencia creemos que tiene un interés genuino en el bienestar de los niños. El juez se puede imaginar que al niño no le faltará nada desde el punto de vista material, pero le gusta saber que es un niño deseado (por los padres y la familia extensa) y que es y será un niño querido en su nueva vida.

Nosotros conocimos a P. en el Lalla Meriem a mediados de noviembre. Pasamos diez días con él y volvimos a casa durante una semana para arreglar temas pendientes. A principios de diciembre fuimos hacia Rabat de nuevo para quedarnos con él hasta el final del proceso. Quizás no siempre es posible, e implica siempre sacrificios personales y materiales, claro, pero poder pasar el máximo tiempo con el niño en su entorno, vivir su día a día y convivir con las personas que lo han visto crecer es una experiencia muy enriquecedora y muy recomendable, para la familia y para el niño. Cuando nos llegó el juicio, el 28 de diciembre, la convivencia había hecho que aquel niño que habíamos conocido hacía seis semanas ya fuera nuestro hijo, pero, sobre todo, que él también hubiera establecido un vínculo inequívoco con nosotros, y el juez lo valoró mucho. Por otro lado, se nos hizo patente que para el juez, como por muchos marroquíes implicados o no en el proceso, el hecho de que un niño salga de Marruecos y pierda su cultura de origen es un mal menor ante la perspectiva de que tendrá una familia, será amado y recibirá una educación… pero sigue siendo un “pequeño mal”. Es por ello que el juez –y el resto de gente- valoran y aprecian mucho que la familia se interese por la cultura marroquí y la lengua árabe, las conozca mínimamente, las respete y tenga la intención de hacer que el niño, desde el su nuevo país, no pierda del todo el contacto con el país que le vio nacer.

A nosotros, personalmente, la afinidad con Marruecos nos venía de antes. Cuando optamos por la vía de la adopción para convertirnos en padres, tuvimos claro desde el primer momento que nuestro hijo tenía que venir de Marruecos. Queríamos que su país de origen y el nuestro tuvieran el máximo en común, que fueran cercanos físicamente y emocionalmente también, y en este sentido siempre habíamos experimentado un sentimiento de vínculo con el norte de África, quizá por aquello de la mediterraneidad y por la herencia común que compartimos.

La religión marca la cultura, sí, a ambos lados del estrecho, pero si nos deshacen de este envoltorio que diferencia y vemos a las personas más allá de la religiosidad y las costumbres que ésta implica, nos damos cuenta que nuestra idiosincrasia nos acerca mucho más al norte de África que al norte de Europa. Aquí se come cerdo (¡mucho!) y se bebe alcohol, y la gente menor de 65 años quizás ni sabe qué es la cuaresma, y hay que ir a un pueblo de la España profunda para ver que en el bar sólo hay hombres, y las señoras ya no llevan mantilla cuando van a misa porque cada vez hay menos gente que va a misa, y las mujeres ahora los tienen más bien puestos y no se resignan a aguantar el marido que les ha tocado, y ya somos un país de acogida y no un país de emigrantes … pero a pesar de la globalización y la influencia anglosajona, seguimos teniendo todavía un cierto sentimiento de tribu y damos importancia extrema a la familia, y a los niños, y a las personas mayores, y quizás lo estamos perdiendo un poco pero seguimos siendo hospitalarios, nos gusta hacer vida en la calle, ir al mercado, charlar de banalidades y arreglar el mundo, y nos reímos fuerte y gritamos, y nuestro sentido de la puntualidad escandaliza a un inglés. Quizás hay que ir un poco más al sur para ver que no hace tantos años que las cosas aquí no eran tan diferentes de como son ahora en muchos lugares de Marruecos, pero siguen siendo muchos más los rasgos que nos unen que los que nos hacen diferentes.

Hace casi dos meses que estamos en casa, con P. Ahora las semanas que pasamos en Rabat, la rutina de la crèche, los nervios por la huelga de funcionarios de justicia, los biberones en fila, las lluvias torrenciales y las caras de tonto cuando no entiendes nada de lo que está pasando y te dejas llevar, parecen muy lejos. Pero quedan cerca las personas que nos hicieron fácil y agradable la estancia, sus risas tiernas con nuestro árabe macarrónico, sus esfuerzos para sacar lo mejor de unas condiciones difíciles, su honestidad y la complicidad y comprensión con que nos acogieron, ayudaron y acompañaron por un proceso que sin ellos habría sido totalmente inalcanzable. Les estaremos siempre infinitamente agradecidos porque ellos han hecho posible que cada día podamos ver la sonrisa de felicidad de P. al despertarse.

Pepe y Nuria. Febrero de 2010

 

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